jueves, 13 de diciembre de 2012




MÁLAGA SUJETA A BARCELONA CON UN GESTO CÍVICO INCOMPARABLE : 
LA CIUDAD DE LA ALEGRÍA Y DEL DOLOR


Escudo de Málaga. Museo de Arte y Costumbres Populares

Escudo de Málaga sobre azulejos
Sin duda, la mejor y más espectacular entrada a Málaga es por mar, viniendo de levante o, lo que es lo mismo, viniendo de Melilla, la ciudad hermana de Málaga por tantos avatares de la Historia y porque las penas compartidas unen con vínculos más estrechos todavía que las celebraciones festivas. Viniendo desde la ciudad africana y españolísima, el barco se acerca a la tierra peninsular por levante y va recorriendo la costa malagueña perfilada en sus montes que se alzan majestuosos y duros, como protegiendo las tierras del interior de cualquier invasor o visitante no deseado procedente del mar. La mole de Gibralfaro es lo primero que cobra definición y, pronto, entre un temblor de brisas que difuminan los colores de la reciente amanecida, los sentidos se alertan para el descubrimiento presentido: la ciudad toda que se va desvelando, desparramada en la hoya como un espejismo que, poco a poco, se fuera materializando, para convertir en innegable expectativa los afectos que esperan en el puerto, esa seguridad gozosa de haber llegado sano y salvo y poder reencontrarse con las presencias añoradas que, quizás, en momentos no muy lejanos y por circunstancias terribles, algún pasajero pudo temer que no volvería a ver.


Entrando al Puerto de Málaga

Con la Farola al fondo

Vista del Puerto desde la Alcazaba

La ciudad de Málaga no aguarda a lo lejos, se adelanta. Y esto es especialmente evidente cuando mayor es la voluntad de regreso debido a que se han vivido experiencias terribles. Una ciudad consciente de su sensualidad (y Málaga es un emblema de ello) es una ciudad permanentemente empeñada en celebrar la vida, porque si la muerte es una realidad incontestable, también lo es el disfrute de la belleza. Si la una infunde pánico, la otra se revuelve ansiosa de celebración. Entre estos dos polos, la belleza y la vida, discurrieron las peripecias de tantas decenas de millares de soldados españoles que dejaron a sus familias, humildes y atribuladas, cuando fueron arrastrados a tierras africanas para convertirse en carne de cañón de una aventura militarista tan innecesaria como impopular, a causa, sobre todo, del sistema de levas entonces vigente, en virtud del cual sólo los hijos de los pobres eran conducidos al matadero, ya que las clases pudientes pagaban en pesetas la dispensa de sus vástagos a la militarización obligatoria. Si la muerte de un joven es siempre una injusticia, en este caso lo era doblemente porque la situación económica familiar era el único criterio para decidir ese abismo vital que separa la muerte de la vida.

General Leopoldo O´Donnell,
Duque de Tetuán
Mausoleo del General O´Donnell,
en el Convento de las Salesas Reales de Madrid

Después del paseo victorioso que supuso la conquista militar del norte de Marruecos en la época del general O´Donnell, que culminó con las ocupaciones de Tetuán y Tánger, la denominada “campaña de Melilla”, realizada en 1909 para afianzar la seguridad de la plaza y sus zonas de influencia, se cobró miles de víctimas.

Los horrores sufridos por nuestras tropas y divulgados por la prensa gráfica, atormentaron durante décadas las conciencias españolas que grabaron a sangre y fuego el nombre del Barranco del Lobo, próximo al Monte Gurugú de Melilla, como recordatorio tristísimo de aquel espanto sin sentido. Cuando el día 27 de junio de 1909 llegaron noticias de esta espantosa masacre a manos de las cábilas rifeñas, el patriotismo alborotado, como siempre que las cosas van mal, encendió la chispa en la que explosionó el descontento popular. Las reivindicaciones pregonadas por anarquistas, sindicalistas y socialistas se fundieron con las quejas por la guerra en una huelga general que adquirió tintes sangrientos en numerosos disturbios públicos que culminaron en los sucesos de la tristemente célebre Semana Trágica de Barcelona, entre el 26 de julio y el 2 de agosto de 1909, con gravísimos enfrentamientos, saqueos y, ¿cómo no?, quema de conventos e iglesias. El desencadenante de estos violentos acontecimientos fue el decreto del Gobierno presidido por D. Antonio Maura para enviar tropas de reserva a Marruecos formadas principalmente por padres de familia de la clase obrera. En el otoño de ese mismo año, las niñas españolas cantaban mientras jugaban al corro:

En el Barranco del Lobo
hay una fuente que mana
sangre de los españoles
que murieron en campaña.
¡Ay, pobrecitas madres cuánto llorarán
al ver a sus hijos que a la guerra van!

Melilla ya no es un pueblo,
Melilla es un matadero
donde se mata a los hombres
como si fueran corderos.
¡Ay, pobrecitas madres cuánto llorarán
al ver a sus hijos que a la guerra van!


Barricada en Barcelona durante la Semana Trágica

La carga. Óleo de Ramón Casas. Museo de Olot

Testigo privilegiado de estos hechos fue un joven voluntario del cuerpo expedicionario en el Rif, que describió los horrores de la campaña y, lo que escoció más a los políticos entonces en el poder, el abismo que separaba a los señoritos que fueron como oficiales a la campaña para vivir la aventura, rodeados de criados y comodidades, y el grueso de las tropas, mal pertrechadas, peor avitualladas y mandadas en numerosas ocasiones por oficiales faltos de sensibilidad humana y preparación militar. Este joven soldado al que hago referencia se llamó Eugenio Muñoz Díaz (1885-1936), un madrileño que escribió con el seudónimo de Eugenio Noel una serie de artículos sobre sus experiencias militares en el periódico republicano Nueva España y que fueron recopilados luego en “Notas de un voluntario”, cuyo primer capítulo, titulado “Cómo viven un marqués y un duque en campaña”, le valió una estancia indeseada en la Cárcel Modelo de Madrid.


Eugenio Noel

Convoy de la Marina Española con tropas para África

Campamento español cerca de la ciudad de Melilla

Dos mundos enfrentados

Batalla de los Castillejos, cerca de Tetuán

Entrada de las tropas españolas en la ciudad de Tetuán

Eugenio Noel reflejó en sus escritos esas sensaciones maravillosas que experimenta todo aquel que llega a Málaga por los caminos del mar, acentuadas en su caso porque regresaba del mismísimo infierno. Asomado a la borda del transporte de tropas que lo devolvió ileso a la tierra patria, no podía dejar de recordar los horrores vividos y las vidas en flor segadas para siempre en el fragor de los combates; el recordatorio de las penurias vividas se reflejaba en el semblante de los que regresaban heridos, tullidos o mutilados y que, como él mismo, miraban embelesados la ciudad que se perfilaba y se les abría como mensajera del abrazo amigo, de esa compasión solidaria que mitigara sus desgracias y fortaleciera sus abatidos espíritus. Y eso supo hacerlo Málaga, en aquel luctuoso verano del año 1909, como muy pocas ciudades. Porque en estas ocasiones, ya lo he dejado dicho, la ciudad no aguarda a lo lejos, se adelanta.

Málaga nunca pregunta al que viene de fuera, lo acoge. Y en esta ocasión, con más razón todavía. La ciudad no hizo proclamas sectarias, no utilizó la imagen del dolor de aquellos desgraciados para pedir nada, para reivindicar cosa alguna, ni para fortalecer ningún tipo de revanchismo político en las ya enturbiadas aguas de la época. Por eso, la ciudad que antes había despedido a los soldados y zarpó con ellos hasta dejarlos en las costas africanas, los amparó a su regreso y los acarició mimosa. Málaga ─escribe Noel─ “pasó cien veces el mar sobre las aguas conduciendo heridos, y vendó y veló junto a las camas, habilitó palacios para ellos, cuando no bastaron, sus casas”. “Por ventura, ¿no iba llorando junto a las camillas del 23 y del 27 de julio, cerradas las tiendas, acongojados los ánimos, solícita y sublime. La ciudad convirtió en cuartel su plaza de toros y al gallardo vendedor de pajeles le prohibió vocear el cartel de sus fiestas. Destrenzó sus tocados, deshojó las rosas de sus carrozas, y ella, que es tan alegre siempre, tiñó la aurora de negro y sonrió ante las camas de los heridos, ante el lecho de los enfermos. Presupuesto de caridad fue el erario votado para la pública algazara, nadie sintió privarse de las mascaradas en el Parque y por la recta calle de Larios, en vez de carrozas, pasaron camillas, y en vez de máscaras, enfermeras”.

Primeros auxilios a un soldado herido


Soldados españoles en 1909

Hospital de guerra


A Málaga le fue concedido el título de "Muy Benéfica" en el año 1922


Feria de Agosto en la Plaza de la Constitución


Panda de Verdiales de los Montes de Málaga en la calle de Larios

Es cierto que en algunos casos las comparaciones pueden resultar odiosas o dolorosas, pero, en otros muchos es de justicia comparar. Eugenio Noel lo hace y reprocha a otra ciudad que hiciera política con la sangre derramada, cuando nadie alzó la voz lo suficiente para advertir la locura de la guerra que se avecinaba. Por eso escribe: 

“Antes, antes, prever, intuir, impedir de antemano. Que la protesta formidable, a todas luces justa en sí misma, hubiera sabido romper en la rodilla la espada antes de alzarse. Por eso Málaga sujetó a Barcelona con un gesto. Una ciudad enseña a otra ciudad una ruda lección de civismo. Una ciudad se alzó cuando ya no era hora; pero otra ciudad abrió su puerto, sus brazos, el jubón de sus senos y supo ser madre”.

La Aduana y el puerto de Málaga a finales del siglo XIX

El Puerto desde el Castillo de Gibralfaro

A modo de colofón, no me resisto a transcribir el último párrafo de las Notas de un voluntario que Eugenio Noel convierte en un sentido canto agradecido a la ciudad bienhechora: 

“Málaga, tu no has pedido, como Barcelona, nunca gabelas ni privilegios. Pero yo sé que sujetaste a Barcelona con un gesto incomparable. Eres bendita entre todas las ciudades. Y aunque el Rey no lo escribió en torno de las armas de tu escudo, puedes creer que leeremos junto a las cintas de tus divisas antiguas, la moderna y más grande de Benemérita de la Patria, divina Málaga”.

ADENDA: Comprometido siempre con causas sociales, Eugenio Noel murió en la miseria y acabó sus días en la cama alquilada de un hospital barcelonés. Al enviarse su cadáver a Madrid, el vagón se extravió en una vía muerta de Zaragoza y cuando lo encontraron fue enterrado en el cementerio civil de Madrid. Como suele ocurrir en esta España nuestra, tan ingrata con los valedores de las causas nobles, jamás los políticos municipales reconocieron a Eugenio Noel sus innegables méritos para dedicar una calle, plaza o siquiera una humilde lápida conmemorativa a su memoria en la topografía malagueña.











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